Blog-Novela

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domingo, 4 de mayo de 2014

Capítulo 5: El mal anda cerca

Capítulo 5: El mal anda cerca





Sabía que algo no andaba bien, que esas cosas no eran algo normal, pero aún con esa sensación de miedo siempre traté de actuar tranquila. Le buscaba la explicación científica primero, veía el asunto desde varios ángulos. Nunca atemoricé a mi familia, creo que siempre fui valiente.


Les conté a mis padres el suceso que había visto esa noche que me quedé afuera a dormir. Obviamente mis padres no me creyeron. Pensaron que yo era una adolescente de 12 años con el intelecto muy desarrollado y que eso eran mis historias de ficción. Las cuales algún día escribiría.



Muchas veces me desvelé, sentada escribiendo miles de historias. Era disciplinada. El escribir es una disciplina que yo cumplía noche tras noche. Era como la hora de la inspiración diría yo, hasta que un día hablando con mi mejor amiga Sonia, amiga ya de la secundaria. Me contó algo de la hora macabra, las 3:00 a.m era la hora del diablo, según ella, la hora en que había más energía y podían verse y sentirse todo tipo de sucesos fantasmales.


Me tomé el comentario lo más normal posible, pero una noche de esas que yo escribía, sentí que me veían a lo lejos, al otro lado de la ventana. Uno siempre siente miradas, pero esta sensación era horrible, te producía escalofríos, yo siempre me hice la valiente, era fuerte, pero a veces cuando sentía que no podía con esa especie de sensación, pedía protección a Dios, él que todo lo puede y que todo lo sabe.







* * *







Cuando mi padre nos llevaba con mi abuela Ofelia, siempre agarraba los periódicos y me encantaba leer sobre las historias que contaban las mujeres en las cárceles, y había otra sección que me gustaba sobre historias de terror que la gente contaba. Una vez, me llamó la atención una historia donde se narraba sobre el diablo, lucifer, satanás, como le quieran llamar. Se relataba que Lucifer, no es como las barajitas de lotería nos lo pinta, rojo, con cuernos y una cola. Él es, un ex ángel, el más bello, y puede aparecerse como el quiera, para producir temor, daño y maldad.



También supe que los fenónemos Poltergeist algunas veces se presentaba donde hubiera adolescentes, entre los 12 a 16 años. Algunas veces las luces de la casa se prendían y apagaban. Se movían los abanicos de techo y siempre había ruidos en la noche. Como alguien danzando arriba del techo.


Para mis padres y hermanos todo era normal, eran cosas que quizá en todas las casas pasaban. Pero para Misifú y yo algo estaba pasando en casa.



Misifú cada vez se estaba volviendo una gata miedosa. Ella veía cosas que yo no podía ver con el sentido de la vista, más si podía sentir y podía percibir. Alguien alguna vez me dijo que yo tenía “eso”muy desarrollado y que pasando el tiempo podía ver cosas que los demás no ven. Le pregunté que era “eso” y me dijo que algún día lo entendería.



Yo tenía la manía, aparte de escribir en la madrugada, de dormir con música, y Misifú casi siempre estaba a mi lado. Nosotras estábamos en un cuarto que quedaba cerca de la terraza y una madrugada vimos una sombra oscura acercándose a la puerta, tras de ello, se escuchó un golpe muy fuerte. Misifú corrió y mis piernas no reaccionaron, lo único que pude hacer fue taparme con la almohada, y esperar a que esa sombra se alejara.





* * *







Alexa era muy pequeña para enteder algo sobre estos asuntos, así que trataba de no hacer comentarios al respecto. Ella nunca me comentó nada y Eddy era muy escéptico para estas cosas, todo lo tomaba a broma.



Con mi madre, era diferente, ella me escuchaba, no me creía loca, pero no opinaba al respecto, sólo me escuchaba atentamente. Quizá para ella su silencio era protección. Yo a ella le contaba todo, con el hecho de escucharme ya era mucho para mí, pero yo tenía que investigar. Las cosas paranormales no se dan por sí solas, siempre hay algo en el fondo. No algo bueno.







* * *







Algunas veces, en algunas tardes, me entraba la melancolía. Y mi vista se perdía en la lejanía, en el horizonte. Me sentía tan sola. Pero me encerraba en mi misma. Sabía que algo no me sabía feliz, pero no sabía lo que era. Dudo que algún adolescente lo sepa.


Y allá a lo lejos de mi habitación, podía ver la esa cruz blanca que se perdía entre la hierba crecida, ahí donde encontraron a Julia. Muchas madrugadas veía un vestido blanco flotar y me tallaba los ojos de la duda, pero ahí andaba, el aire lo decía.



Supe, no recuerdo cómo ni quien me lo dijo, que los asesinos de Julia habían tenido un mal destino, uno de ellos se había ahorcado y otro había tenía una muerte horrible, que más horrible que morir en llamas. Siempre me ha dado miedo el fuego, tengo tanto temor. Alguien me dijo que quizá en una vida pasada fui bruja, y por eso tenía miedo hasta de prender un cerrillo. Pero morir en llamas me parece terrorífico. Siempre mis peores pesadillas que se repitieron era ver esa casa quemada, no sé que significaba, pero soñaba con frecuencia que en la casa ocurría un incendio.



Despertaba sudando y gritando de miedo, muchas veces mi mamá me despertaba cuando veía que estaba teniendo una pesadilla. Más adelante quizá esos sueños me revelarían algo.





* * *




Una noche, al salir de la preparatoria, para mis males, me habían mandado al turno nocturno, y salía muy tarde. Mi madre se quedaba preocupada la mayoría del tiempo, pero yo trataba de tranquilizarla diciendole que nada me pasaría, que yo era una chica fuerte, valiente y me sabía defender.



Pero una noche, salí muy tarde, el autobus venía lleno, así que esperé a que pasara el otro y eso aumentó más la espera. Yo me sentía feliz en la noche, ver la luna, sentir la brisa fresca y andar a altas horas de la noche. Pero esa noche las cosas cambiaron para mí.



Durante el trayecto del camión yo iba tranquila, quizá preocupada por mi mamá, porque sabía que estaría angustiada por la hora de mi llegada a casa. Como faltaba unos pocos minutos para las 12 de la noche, la avenida ya estaba muy despejada, sólo andaban la gente que trabajaban y alguno que otro estudiante.



Cruce la avenida, y me dirigí al teléfono público para marcarle a mi madre que ya estaba cerca de casa. Cuando colgué, de la nada me salió al paso un carro blanco, muy brilloso. Y el hombre que iba al volante me dijo que me subiera, que él me llevaría. Sonreía, y sus ojos eran muy brillosos. Yo no supe que decir, sólo seguí caminando.



Ese hombre me produjo tanto miedo, que comencé a temblar. Y el hombre seguía en su carro, sonriendo, con la sonrisa más malevola que yo haya visto.


Yo te llevo, no te acuerdas de mí, yo siempre estoy cerca de ti, sé todo de ti.—me dijo con una voz que odié por mucho tiempo.



Sentí miedo y corrí, no había ninguna persona en las calles y faltabas varias cuadras para llegar a mi casa. No se veía nadie afuera. Y no supe qué hacer, tocar la puerta de una casa y correr. Pues corrí, corrí como nunca, y ese hombre me seguía en ese vehículo blanco que me produjo pesadillas por algunos años.


Y corrí sin detenerme, con mi respiración agitada, con crisis de histeria y rodando por mis mejillas un montón de lágrimas. Y ese hombre venía detrás de mí, riéndose a carcajadas. Y caí, caí en ese lugar; en ese lugar que a muchos les daba miedo. Ahí donde Julia fue violada y asesinada. Y me dio miedo, y sentí asco. Me faltaba el aliento. No podía respirar. Yo no podía correr por el asma, y corrí, me excedí y ese hombre al verme en el suelo, bajó del auto y lo ví. Vi su cara, una cara con un gran resplandor. Vestía traje negro y llevaba varios anillos. Y retrocedió, se subió al auto y desapareció sin dejar rastro.



Mi madre a lo lejos me vio tirada en ese lugar y se horrorizó, corrió hasta donde me encontraba y mis sollozos no me dejaron contarle nada. Cuando pude respirar, le dije que un hombre me venía siguiendo. Y a ella le dio coraje, pero no tanto como a mí.



Dos días después, yo seguía con el trauma del carro blanco, lo soñaba a diario. Me daba temperatura y me enfermé. Caí en cama. Caí en depresión. Me pudo haber pasado algo peor y no me pasó.
Dicen, no lo sé, y ni me interesa saberlo. Pero una viejita me contó una leyenda urbana. Que a veces se aparece un hombre, por esas calles, así de elegante, así de brillante, queriendo llevarse a jovencitas que caen rendidas por ese vehículo, por la ambición, pero es algo maligno, la maldad es grande y no conocemos esa magnitud. Yo no me explico como de la nada apareció y de la nada desapareció. También alguna vez lo leí y mi madre y yo sólo nos vimos a los ojos. No nos dijimos nada, ella también había sentido mi dolor, mi desesperación, pues creí que terminaría igual que la mujer que a veces rondaba mi habitación.