Blog-Novela

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martes, 25 de marzo de 2014

Capítulo 2: La llegada de Misifú




Era una tarde soleada, había una suave brisa que recorría cada lugar de la casa, se levantó al escuchar el canto de los pájaros que ya habían anidado en la terraza, a ella no le molestaban, le parecía un espectáculo maravilloso cada vez que los veía andar.


Misifú no era una simple gata, se había convertido en un miembro más de la familia, tanto es así, que le habíamos asignado un lugar en la mesa, donde ella mostraba sus buenos modales. No sólo la habíamos domesticado, sino era tanto amor que le brindábamos que ella era feliz, una gatita muy feliz.


Llegó ahí a los pocos días de nacida, alguien con mal corazón la había abandonado a ella y a sus tres hermanos en una desastrosa cajita de cartón, muy cercana a un gran árbol que había en el campo.


Yo tenía 9 años, acompañaba a mi mamá a la tortillería. La verdad siempre me había levantado tarde, pero ese día en particular, me parecía especial. Había mucho sol, pero era un día de sol de ese que disfrutas. Yo asistía a la escuela en la tarde, así que mi mamá me levantó para desayunar.

Ibamos rumbo a la tortillería cuando de repente escuché unos maullidos. A mi madre no le gustaban los gatos, así que hizo oídos sordos y seguimos caminando. En el camino le dije que había escuchado a unos gatitos bebés llorar, traté de convencerla. Así que cuando regresamos, me permitió ir a ese árbol gigante que estaba enfrente de nuestra casa.

Mi hermanita Alexa me acompañó, al igual que a mí, a ella le encantaban los gatos y cuando regresamos de la tortillería le dije, salimos corriendo rumbo al árbol gigante que estaba en el campo.

Ahí estaban, dentro de una cajita de cartón, ya ruñida. Creo que lloraban de hambre. Eran cuatro hermosos gatitos, uno era color gris, otro amarillo, y dos eran pintitas. Hace tiempo, un tío me había enseñado como distinguir a los machos y hembras. Pero mientras le decía a mi hermana quien era gato y gata, unos grandes ojos verdes y un maullido angelical me enamoraron. Ella, era la única que habría abierto los ojos, todos los demás aún no los abrían. La gatita de ojos verdes caminó hacia mí. Y sus maullidos fueron como palabras ante nosotras. La puse en mi pecho y la abracé para que no se sintiera solita. Quería hacerla sentir, que yo, una humana podía amarla como si fuera mamá gata.

Mi madre sólo nos había dado permiso para traernos uno. Cuando cargué a esa gatita pinta de grandes ojos verdes, mi mamá ya nos gritaba a Alexa y a mí que nos fuéramos a comer. Yo no podía ser tan cruel y dejar a los demás gatitos ahí. Que tal y que nadie se los llevara y se murieran de hambre. Así que a escondidas de mamá, Alexa y yo escondimos a los tres gatitos en la casa de madera que estaba atrás de la casa. Nos los llevamos en la misma cajita destrozada e hice jurar a mi hermana que no dijera nada. A ojos de mi mamá, sólo llevaríamos a un gato, que más bien, era gata.



Les estoy gritando Elisa, que ya se vinieran a comer, ¿qué tanto hacían?


Nada mamá, tú nos diste permiso de ir a ver a los gatitos.

Sí, sólo te permití que trajeras uno ¿dónde está Alexa?

Fue al baño—le mentí a mi madre— Pues Alexa andaba escondiendo los gatitos en el “tejaban”, así le decíamos a la casa de madera color azul, que estaba al fondo detrás de la casa.


Bueno, quiero que comas, para que ya te vistas, ya te dejé el uniforme para que te vayas a la escuela. No tarda tu hermano Eddy en llegar.


Pero mamá, que vaya Eddy nada más a la escuela. Yo me tengo que quedar a cuidar a mi gatita.


¿Pero qué dices?—me lanzó mi madre una de esas miradas que te quieren comer—¿Cómo que no vas a ir a la escuela? No te estoy preguntando Elisa, todos los niños van a la escuela. Tu gata se queda aquí, dale gracias a Dios que te dejé que te quedaras con ella. Deberías estar agradecida.



Y como muchas veces, dejando a mi madre hablando sola en la cocina, le pregunté a Alexa si todo estaba bien con los gatitos. Mi hermana le dijo a mi mamá que andaba jugando, para así poder transportar la comida y que mi madre no sospechara nada.

De camino a la escuela, sólo esperaba que mi madre no descubriera el secreto mío y de mi hermanita. Pues las dos estaríamos bien fritas. Más yo que ella, pues dice mi madre que yo soy la que debo de dar el ejemplo. Le llevo 5 años a Alexa, la prudencia debe caber en mí. Esas eran las palabras de mi madre, cada vez que me regañaba por algo que Alexa y yo hacíamos. Al final de cuentas, yo era la que pagaba los platos rotos, por ser la mayor.

Pero aún con el miedo que mi mamá descubriera a los demás gatitos, yo me sentía feliz. Mi madre al salir de casa y darme su bendición, me preguntó si ya tenía nombre para mi gatita. Le dije que aún no. Que lo pensaría. “Puedes ponerle Misifú”, me dijo mi madre.

Al llegar a la escuela, me senté en los pupitres de atrás, había olvidado, con la emoción de los gatitos, de hacer los problemas de Matemáticas que me había dejado la maestra. Las Matemáticas no eran lo mío.


¿Qué haces Elisa?—me preguntó con sorpresa mi amiguita Claudia.

Olvidé hacer los problemas—le respondí, secándome el sudor que me corría por la frente.


Tú, la niña más bien portada de todas, tú, olvidando la tarea.


Pues sí, qué quieres que haga, es mejor hacerla a la carrera, que no entregarla. Además yo estuve muy ocupada en la mañana.

¿En qué Eli?, si te la pasas dormida toda la mañana.

Ash Clau, más que mi amiga, pareces mi enemiga, todo me cuestionas. Mira, para que veas que soy buena, te voy a decir algo. Tengo cuatro gatitos en casa, y eso es genial, lo único malo es que mi madre no sabe que tengo tres escondidos en el 'tejabán'.


Órale Eli, y si se da cuenta, te va a regañar, y puede que hasta te los tire.


Cállate, que la boca se te haga chicharrón, no me eches la sal. Bueno, te cuento en el descanso, déjame seguir con ésto ¿sí?



Y ya acabando mis problemas de Matemáticas, sólo esperaba que la tarde se me fuera rápido para llegar a casa y ver a Misi. Sí, había decidido llamar a mi gatita, la más hermosa: Misifú.


Tocó un largo timbre y todos mis compañeritos aventando mochilas para salir al recreo. Mi madre, siempre me ponía lonche, yo nunca quería llevarlo, prefería llevar monedas y comprarme algunas golosinas y frituras en la cooperativa. A esa edad, nos gusta más la comida chatarra que lo nutritivo.

Adivinen qué niñas—gritó la niña más chiflada y alocada del salón—Eli tiene cuatro gatitos, me lo dijo Clau.


Más bien te chismeó, que es diferente—le dije a Marilyn en tono de fastidio.


A Marilyn le gustaba siempre andar de chismosa, y andar inventando todo lo que se le ocurriera, era una niña tan extravagante, una niña de 9 años, al igual que yo, pero con mentalidad de señora chismosa. Una 'Susanita' demasiado evolucionada, pues todo su sueño era casarse y tener un montón de hijos.


Ay Eli, no seas así—no te enojes. Sí lo sabe Dios que lo sepa el mundo.

No, si no me enojo Marilyn, yo nada más decía, tú que todo sabes y eres tan... tan... comunicativa.


Pero cuéntanos, ay no seas mala, dame un gato.


Ay Marilyn no sean necia—le dijo burlándose Itzel—, en tu casa muy apenas tienen para comer, vas a tener para alimentar una boca más. Mira cómo traes los zapatos.


Ay cállate tú huerca, te crees de la Del Valle—le respondió Marilyn encolerizada.

Bueno niñas—les dije para tranqulizar—no hay nada que contar, sólo que tengo cuatro gatos y una de ellas se llama Misifú, eso es todo lo que tengo que contar. Mejor que Gina nos cuente lo que nos iba a platicar ayer en el recreo cuando tocó el timbre.


Sí, es cierto, a ver Gina, dinos ándale—gritó Marilyn con voz pillona.


Bueno niñas, les cuento—respondió Gina—, pero si les da miedo, yo no tengo la culpa eh. ¿Se acuerdan de la maestra Rebeca?—sí, respondimos al unísono, Claudia, Marilyn, Itzel, Amanda, Yasmina y yo. Bueno, pues dicen que le dio un infarto, y que ya no va a regresar a la escuela. Que porque uno de esos días ella se quedó muy tarde, ya cuando todos nos fuimos a nuestras casas, ella se quedó revisando papeles y demás. Entonces que la maestra Rebeca fue al baño de mujeres, y que vio algo espantoso en el baño, era una muñeca, la muñeca diabólica que cuentan todos que se aparece en el baño. La pobre maestra Rebeca la vio, ya no había nadie en la escuela, sólo el conserje en su casa de alla atrás. Así que Don Rubén la encontró tirada afuera del baño. La llevaron al hospital. El doctor les dijo que le había dado un infarto.

Todas nos quedamos con la boca abierta cuando Gina terminó de contarnos de lo que le había pasado a la maestra Rebeca. Yo no lo podía creer. Gina era una niña muy fantasiosa, ya nos había platicado antes que la escuela estaba llena de tumbas porque en realidad antes había sido un panteón. Nos había contado todas las historias de terror habidas y por haber. Así que esto me había parecido una falta de respeto. Pues bien sabíamos, que la maestra Rebeca ya no iba a regresar a la escuela, ya se estaba buscando su sustituta. Y también sabíamos, que le había dado un infarto. Pero la historia de Gina, era difícil de creer. Nos retiramos al salón silenciosas, las siete, sin saber que decir. Sólo nos miramos entre todas y no volvimos a decir nada sobre lo ocurrido con la maestra Rebeca, según Gina.

Mi hermano Eduardo, también está en la misma escuela, pero un año menor que yo. Al terminar las clases nos reuníamos en el patio central para irnos juntos en el transporte escolar. Yo que era la mayor, me sentía responsable por él.

No le dije nada a Eddy de la histora de la maestra Rebeca, sólo le platiqué del secreto que teníamos Alexa y yo. Me dijo que no le diría nada a mamá, que nos ayudaría también en darles de comer y ver cómo se encontraban.

Llegamos a casa, mi mamá ya tenía la cena servida como era costumbre. Me dirigí al patio y ahí estaba Misi, mi mamá le había puesto una colchita tejida para que se sintiera más a gusto. En esa época, mi papá estaba construyendo la planta alta, y estaba ampliando más la casa. Originalmente la casa era muy pequeña, pero para mí papá había sido una ganga. Cuando éramos más pequeños todos nos dormíamos juntos en una habitación. Hasta que mis hermanos y yo fuimos creciendo y pedíamos más espacio. Así que mi papá comenzó a invertir en la casa y hacerla más grande.


Para los vecinos éramos los nuevos ricos, pues de una casa pequeña, la casa fue ensanchándose cada vez más, hasta convertirse en la casa más envidiada por muchos. Pero no se trataba como le dijo a mi madre una vecina envidiosa, que nos hayamos sacado la lotería, se trataba ni más ni menos del esfuerzo diario de mi padre, del sudor de su frente, de sus ahorros, de sus inversiones. Pero que puede uno esperarse de unos vecinos envidiosos que ni para trabajar y estudiar le ponen empeño.

Cuando Misifú llegó, la casa aún no estaba ampliada, la planta alta se encontraba en obra gris. Pero a veces, con permiso de mi padre, mis hermanos y yo subíamos a jugar con los patines, los cuartos eran amplísimos y sin muebles pues nos divertíamos de lo lindo. Y Misi era nuestra compañera de juegos. Los otros tres gatitos vivían escondidos en el 'tejabán'.


Pero ese secreto no podía ocultarse por más tiempo. Los gatitos crecían y crecían. Y un día cuando mi madre lavaba la ropa, se le ocurrió entrar al 'tejabán', y fue ahí cuando el secreto entre los tres, habría sido descubierto.


El regaño fue en general, pero yo, era la que debía poner el buen ejemplo, la prudencia debía caber en mí. Mi madre siempre fue de carácter fuerte, exigente, pero en el fondo era tierna y amorosa y terminaba por concedernos nuestros caprichos. Así que nos permitió, tener a los cuatro gatitos.


La gatita que era parecida a Misifú, a la que llamamos Ojitos, una tarde desapareció. Debimos suponer que alguien se la había llevado, pues ella siempre se ponía en un escaloncito cerca del porche. Al gato amarillo, que mi hermana Alexa se apropió como su única dueña. Un día fue atropellado por un autobús. Y la gatita gris, al año siguiente salió preñada, mi mamá la regaló a una señora. Sólo me quedé con Misi. Ella y yo éramos inseparables.


Cuando Misifú tenía un año y algunos meses estaba preñada. Se puso bien gorda, a veces se cansaba de caminar y se la pasaba horas tomando el sol en la azotea, con la panza boca arriba. Otras veces le gustaba dormir en uno de los sillones del cuarto de Alexa.

Ya faltaba muy poco para que Misi se aliviara, ese día en la escuela escogerían a los mejores alumnos para llevarlos a un museo, yo quería que me escogieran a mí, quería ir al Planetario Alfa. Así que no dormí por los nervios, que tal si no me escogieran, eso afirmaría que era una alumnara regular y sobre todo no tendría el privilegio de ir al museo. Pero cuando bajé a la cocina por agua. Escuché que Misi se quejaba, lloraba extraño a como lo solía hacer. Así que al abrir la puerta de la cocina y salir al patio vi que Misifú estaba cerca del boiler pariendo. Eran las 11:30 de la noche y desperté a mi madre, le dije lo de Misi, y mi mamá asustada, sin saber que hacer, le habló por teléfono a uno de los hermanos de papá, el que sabía mucho de gatos. Mi tío vino de inmediato a la casa y ayudó a Misifú, pues uno de los bebés de Misi, estaba muy grande y se había atorado.


Los bebés de Misi estaban en perfectas condiciones. Misi se encontraba agotada, creo que también para ella fue una gran experiencia. Colocé a sus bebés en una alfombrita y Misi fue con ellos para alimentarlos. Seguramente sería buena mamá gata. Eran cinco gatitos bebés hermosos.

A mi mamá también le gustaron. Dimos las gracias a mi tió y se marchó.


Bueno hija, ya duérmete—me ordenó mi madre.


Sí ya voy mamá, déjame estar un ratito con los gatitos.


Mañana hay escuela y tienes que levantarte muy temprano.


No mamá, no quiero ir.

Pero cómo, no estabas tan entusiasmada de ir al museo.

Eso era antes, los bebés de Misi no habían nacido. Prefiero quedarme con ellos y no ir al museo mañana.

Ay Elisa, hija vete a dormir por favor.



Con la novedad de que Misi era mamá, no quise ir a la escuela, ni me importó el museo ni nada. Mi mamá a regañadientes entendió mi chiflazón. Así que no sólo le hice compañía ese día a Misi, sino también a mi mamá. Pues Alexa ya había entrado al Kinder y mi mamá se quedaba sola por las mañanas. Eddy también se emocionó con los gatitos, pero él si había asistido a la escuela.


Mi mamá me convenció de llevar a Misifú a esterilizar, pues no quería más gatos en casa. Yo obedecí, no pude oponerme, me pareció lo más sensato. Llevamos a Misi a la veterinaria después de unas semansa que había dado a luz a sus bebés. Creo que Misi también entendió y se portó muy bien. Al siguiente día por la tarde, el doctor nos llevó a Misi a la casa, con una gran rajadota en la panza. Pero ella estaba bien y podía hacer su vida normal.


Un sábado en la madrugada mi mamá nos levantó muy temprano a mis hermanos y a mí, pues ese día iríamos a Laredo, de compras, como era costumbre nos levantamos en la madrugada para llegar allá de mañana. Yo nunca dormía, pues sentía una especie de nervio dormirme cuando papá manejaba en carretera. Ese día en especial, a lo largo del viaje, había mucha niebla. Mi mamá le sacaba plática a mi papá, para que éste no se durmiera. Adelante, en otro auto, iba mi abuela Ofelia, mi tía Carmen, mi tío Héctor, ellos también iban de compras.


Pensé en Misi y sus bebés, cómo estarían. Todo el camino me la pase con dolor de estómago. Quien sabe que me cairía mal, no disfrute las compras. Sólo pensaba en llegar a casa y dormir lo que no había dormido. Mis papás llenaron la camioneta de muchísimas cosas. Mis papás me mandaron en el otro auto, pues no había un lugar para poder sentarse.


Y así en la carretera, mi abuela y mi tía platicaban, casi susurraban, para que yo no escuchara. Yo sólo veía oscuridad en la carretera. Mi tío iba con la boca abierta pero muy dormido. Mi tía y mi abuela seguían platicando. Hablaban de una de mis tías, que les había platicado que a lado de su casa se aparecían dos niños, esos dos niños se sentaban en la ventana de una casa en construcción. Ahí se aparecían todas las noches. Los vecinos podían oír sus risas pasadas las 12 de la noche. Mi prima Elena, los había visto y los había escuchado. Mi tía Sofía tenía miedo, pues no entendía porque esas dos almas en pena tenían aterrada a toda la colonia. Mi abuela sugería a mi tía que manejaba con mucho cuidado por la carretera, que había que hacer algo, rezar, rezar por esas almas. Yo sólo escuchaba temerosa la plática. Y de pronto, un rechinido de llantas, y el grito de mi abuela nos hizo gritar a todos. Mi tía frenó con todas sus fuerzas, el rechinido de llantas era su carro. Mis padres venían atrás de nosotros y pararon su marcha. Por poco, nos vamos al vacío, si mi tía no hubiera frenado de esa manera, nos habriamos salido del camino. Mi tía no le dijo nada a mi papá, sólo le dijo que había dormitado. Pero la razón verdadera, es que, mi tía frenó, porque vio a una niña en la carretera, y quiso esquivarla, perdió el control y estuvimos a punto de irnos con todo y carro al vacío. Todos gritamos, pero nada dijimos sobre la niña que vimos en la carretera. Hubo silencio, temor y nerviosismo. Mi abuela rezaba. Y ya no supe nada más de la historia terrorífica de los niños que se aparecían en la colonia de mi tía.




★ ★ ★




Pasaron los años, Misifú y yo éramos inseparables. Sentía tristeza dejar a Misi sola durante las mañanas cuando salía a la escuela, pero sabía que pasaríamos toda la tarde y noche juntas. Cuando tenía 12 años, Misi acostumbraba dormirse en la cama, cerca de mis pies, sintiéndose tranquila, escuchabámos la radio por las noches, desde música rock en español, rock en inglés y relatos de terror, de un programa que se llamaba La Mano Peluda. Todas las noches, de 10 a 12, escuchabamos relatos de terror de la gente que llamaba a la radio; a veces nos ganaba el sueño y otras nos quedábamos al final. Misifú era inseparable, ahí estaba al pie del cañón conmigo, yo la adoraba y le lanzaba miradas de ternura y felicidad.


Una noche, cuando apagué la radio, las ventanas se cimbraron, hubo mucho viento, la energía eléctrica se cortó, y el cuarto se abrió de manera sorpresiva, como si alguien la hubiera abierto, pero ésta estaba cerrada. Sentí miedo, y quise esconderme tras las cobijas, pero la curiosidad hizo que me levantara y fuera a investigar.


Mi gran sorpresa fue ver en el pasillo una silueta muy alta, una especie de charro negro estaba parado al final del pasillo. Corrií al cuarto y temblé abajo de las sábanas. Misifú también corrió. Ambas vimos algo paranormal, alguien nos había visitado. No era un relato de La Mano Peluda, ahora estábamos viviendo nuestro propio relato. Una experiencia que nos acompañaría quizá el resto de nuestras vidas.





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