Blog-Novela

Blog-Novela

domingo, 4 de mayo de 2014

Capítulo 5: El mal anda cerca

Capítulo 5: El mal anda cerca





Sabía que algo no andaba bien, que esas cosas no eran algo normal, pero aún con esa sensación de miedo siempre traté de actuar tranquila. Le buscaba la explicación científica primero, veía el asunto desde varios ángulos. Nunca atemoricé a mi familia, creo que siempre fui valiente.


Les conté a mis padres el suceso que había visto esa noche que me quedé afuera a dormir. Obviamente mis padres no me creyeron. Pensaron que yo era una adolescente de 12 años con el intelecto muy desarrollado y que eso eran mis historias de ficción. Las cuales algún día escribiría.



Muchas veces me desvelé, sentada escribiendo miles de historias. Era disciplinada. El escribir es una disciplina que yo cumplía noche tras noche. Era como la hora de la inspiración diría yo, hasta que un día hablando con mi mejor amiga Sonia, amiga ya de la secundaria. Me contó algo de la hora macabra, las 3:00 a.m era la hora del diablo, según ella, la hora en que había más energía y podían verse y sentirse todo tipo de sucesos fantasmales.


Me tomé el comentario lo más normal posible, pero una noche de esas que yo escribía, sentí que me veían a lo lejos, al otro lado de la ventana. Uno siempre siente miradas, pero esta sensación era horrible, te producía escalofríos, yo siempre me hice la valiente, era fuerte, pero a veces cuando sentía que no podía con esa especie de sensación, pedía protección a Dios, él que todo lo puede y que todo lo sabe.







* * *







Cuando mi padre nos llevaba con mi abuela Ofelia, siempre agarraba los periódicos y me encantaba leer sobre las historias que contaban las mujeres en las cárceles, y había otra sección que me gustaba sobre historias de terror que la gente contaba. Una vez, me llamó la atención una historia donde se narraba sobre el diablo, lucifer, satanás, como le quieran llamar. Se relataba que Lucifer, no es como las barajitas de lotería nos lo pinta, rojo, con cuernos y una cola. Él es, un ex ángel, el más bello, y puede aparecerse como el quiera, para producir temor, daño y maldad.



También supe que los fenónemos Poltergeist algunas veces se presentaba donde hubiera adolescentes, entre los 12 a 16 años. Algunas veces las luces de la casa se prendían y apagaban. Se movían los abanicos de techo y siempre había ruidos en la noche. Como alguien danzando arriba del techo.


Para mis padres y hermanos todo era normal, eran cosas que quizá en todas las casas pasaban. Pero para Misifú y yo algo estaba pasando en casa.



Misifú cada vez se estaba volviendo una gata miedosa. Ella veía cosas que yo no podía ver con el sentido de la vista, más si podía sentir y podía percibir. Alguien alguna vez me dijo que yo tenía “eso”muy desarrollado y que pasando el tiempo podía ver cosas que los demás no ven. Le pregunté que era “eso” y me dijo que algún día lo entendería.



Yo tenía la manía, aparte de escribir en la madrugada, de dormir con música, y Misifú casi siempre estaba a mi lado. Nosotras estábamos en un cuarto que quedaba cerca de la terraza y una madrugada vimos una sombra oscura acercándose a la puerta, tras de ello, se escuchó un golpe muy fuerte. Misifú corrió y mis piernas no reaccionaron, lo único que pude hacer fue taparme con la almohada, y esperar a que esa sombra se alejara.





* * *







Alexa era muy pequeña para enteder algo sobre estos asuntos, así que trataba de no hacer comentarios al respecto. Ella nunca me comentó nada y Eddy era muy escéptico para estas cosas, todo lo tomaba a broma.



Con mi madre, era diferente, ella me escuchaba, no me creía loca, pero no opinaba al respecto, sólo me escuchaba atentamente. Quizá para ella su silencio era protección. Yo a ella le contaba todo, con el hecho de escucharme ya era mucho para mí, pero yo tenía que investigar. Las cosas paranormales no se dan por sí solas, siempre hay algo en el fondo. No algo bueno.







* * *







Algunas veces, en algunas tardes, me entraba la melancolía. Y mi vista se perdía en la lejanía, en el horizonte. Me sentía tan sola. Pero me encerraba en mi misma. Sabía que algo no me sabía feliz, pero no sabía lo que era. Dudo que algún adolescente lo sepa.


Y allá a lo lejos de mi habitación, podía ver la esa cruz blanca que se perdía entre la hierba crecida, ahí donde encontraron a Julia. Muchas madrugadas veía un vestido blanco flotar y me tallaba los ojos de la duda, pero ahí andaba, el aire lo decía.



Supe, no recuerdo cómo ni quien me lo dijo, que los asesinos de Julia habían tenido un mal destino, uno de ellos se había ahorcado y otro había tenía una muerte horrible, que más horrible que morir en llamas. Siempre me ha dado miedo el fuego, tengo tanto temor. Alguien me dijo que quizá en una vida pasada fui bruja, y por eso tenía miedo hasta de prender un cerrillo. Pero morir en llamas me parece terrorífico. Siempre mis peores pesadillas que se repitieron era ver esa casa quemada, no sé que significaba, pero soñaba con frecuencia que en la casa ocurría un incendio.



Despertaba sudando y gritando de miedo, muchas veces mi mamá me despertaba cuando veía que estaba teniendo una pesadilla. Más adelante quizá esos sueños me revelarían algo.





* * *




Una noche, al salir de la preparatoria, para mis males, me habían mandado al turno nocturno, y salía muy tarde. Mi madre se quedaba preocupada la mayoría del tiempo, pero yo trataba de tranquilizarla diciendole que nada me pasaría, que yo era una chica fuerte, valiente y me sabía defender.



Pero una noche, salí muy tarde, el autobus venía lleno, así que esperé a que pasara el otro y eso aumentó más la espera. Yo me sentía feliz en la noche, ver la luna, sentir la brisa fresca y andar a altas horas de la noche. Pero esa noche las cosas cambiaron para mí.



Durante el trayecto del camión yo iba tranquila, quizá preocupada por mi mamá, porque sabía que estaría angustiada por la hora de mi llegada a casa. Como faltaba unos pocos minutos para las 12 de la noche, la avenida ya estaba muy despejada, sólo andaban la gente que trabajaban y alguno que otro estudiante.



Cruce la avenida, y me dirigí al teléfono público para marcarle a mi madre que ya estaba cerca de casa. Cuando colgué, de la nada me salió al paso un carro blanco, muy brilloso. Y el hombre que iba al volante me dijo que me subiera, que él me llevaría. Sonreía, y sus ojos eran muy brillosos. Yo no supe que decir, sólo seguí caminando.



Ese hombre me produjo tanto miedo, que comencé a temblar. Y el hombre seguía en su carro, sonriendo, con la sonrisa más malevola que yo haya visto.


Yo te llevo, no te acuerdas de mí, yo siempre estoy cerca de ti, sé todo de ti.—me dijo con una voz que odié por mucho tiempo.



Sentí miedo y corrí, no había ninguna persona en las calles y faltabas varias cuadras para llegar a mi casa. No se veía nadie afuera. Y no supe qué hacer, tocar la puerta de una casa y correr. Pues corrí, corrí como nunca, y ese hombre me seguía en ese vehículo blanco que me produjo pesadillas por algunos años.


Y corrí sin detenerme, con mi respiración agitada, con crisis de histeria y rodando por mis mejillas un montón de lágrimas. Y ese hombre venía detrás de mí, riéndose a carcajadas. Y caí, caí en ese lugar; en ese lugar que a muchos les daba miedo. Ahí donde Julia fue violada y asesinada. Y me dio miedo, y sentí asco. Me faltaba el aliento. No podía respirar. Yo no podía correr por el asma, y corrí, me excedí y ese hombre al verme en el suelo, bajó del auto y lo ví. Vi su cara, una cara con un gran resplandor. Vestía traje negro y llevaba varios anillos. Y retrocedió, se subió al auto y desapareció sin dejar rastro.



Mi madre a lo lejos me vio tirada en ese lugar y se horrorizó, corrió hasta donde me encontraba y mis sollozos no me dejaron contarle nada. Cuando pude respirar, le dije que un hombre me venía siguiendo. Y a ella le dio coraje, pero no tanto como a mí.



Dos días después, yo seguía con el trauma del carro blanco, lo soñaba a diario. Me daba temperatura y me enfermé. Caí en cama. Caí en depresión. Me pudo haber pasado algo peor y no me pasó.
Dicen, no lo sé, y ni me interesa saberlo. Pero una viejita me contó una leyenda urbana. Que a veces se aparece un hombre, por esas calles, así de elegante, así de brillante, queriendo llevarse a jovencitas que caen rendidas por ese vehículo, por la ambición, pero es algo maligno, la maldad es grande y no conocemos esa magnitud. Yo no me explico como de la nada apareció y de la nada desapareció. También alguna vez lo leí y mi madre y yo sólo nos vimos a los ojos. No nos dijimos nada, ella también había sentido mi dolor, mi desesperación, pues creí que terminaría igual que la mujer que a veces rondaba mi habitación.









jueves, 10 de abril de 2014

Capítulo 4: Volando entre sedas

Capítulo 4: Volando entre sedas








Mi impresión en aquellos días, era que algo estaba ocurriendo. No parecían echos aislados, sino todo era una maraña de misterio, un misterio que yo quería descubrir. Para mis padres sólo eran casos extraños, pero que pasados los días los dejaban en el olvido.


No puedo negar que viví en esa casa momentos de felicidad, que fui una niña feliz, una niña rara pero feliz. ¿Por qué rara? Porque yo prefería pasar horas en mi cuarto avocada en la lectura de alguna historia que me estremeciera, porque asistía siendo niña a las bibliotecas, porque me estaba volviendo antisocial. No es que fuera díficil para mí hacer vida social, sino que a veces para mí siendo una niña rebelde, era complicado entender ciertas actitudes de la que yo llamaba el vulgo.


Mi madre me señaló que algo no estaba bien en mí, que debería salir y andar en la calle quemándome como las otras niñas, no le gustaban ahora mis formas de vestir, pues en casi todo mi clóset predominaba la ropa negra. No le gustaba tampoco mi gusto por el rock ni por el metal. Ni que yo anduviera escuchando a Marilyn Manson ni nada que pudiera parecérsele. Pues mi apariencia no distaba mucho de los vampiros. Mi piel muy blanca, mis cabellos largos y negros, con mis blusas y vestidos negros, algo que mi madre muy seguido me reprochó.


Para Eddy y para Alexa, sólo eran locuras de adolescente engreída. Pues mis hermanos casi en broma me decían, que yo por mi intelecto, me creía superior a la gente, y por eso no quería convivir. Bueno, en realidad no era ni soy así, creo que soy demasiado sensible y esa esencia gótica no la he perdido, creo que es parte de uno mismo, si uno se siente bien no hay porque desecharlo.


Pero en aquellos momentos, mi madre creía que si lo negativo me seguía era por ser amante de las películas de terror, por el tipo de música y la manera de vestir. Porque mi madre creía que yo había dejado de creer en Dios, y en la religión que ella me inculcó.


Sin embargo, aún y con mis cambios, nunca dejé de ser creyente. Pero mi forma de pensar era otra. Yo no necesitaba ni estaba de acuerdo en ir a la iglesia, pues me había topado con mucha gente falsa e hipócrita. Dios ha estado en mi corazón y siempre lo estuvo. Lo que a mí me persiguió es algo que jamás entenderé, pero vaya que lo viví. Nadie puede venir a decirme lo que se siente, porque las cosas que viví no sólo la vieron mis ojos, sino todos mis sentidos.


¿Cómo explicar esa fuerza que sientes, pero que no ves? Jamás dudé de mi misma, ni me creí loca. Pero de que algo habitaba en esa casa que mi padre habría construido con tanto amor, para nosotros, su familia, era cuestionable.


Cierto día, en mi habitación, cuando yo estaba dormida, algo me despertó. Yo sabía de antemano que mis hermanos estaban en la escuela, que mi padre se iba desde muy temprano a trabajar. Y que mi madre siempre se encontraba en la planta baja, o bien, andaría en algún mandado en la calle. Pero ese día, yo sabía que estaba sola. Mi cuarto siempre lo mantenía cerrado, pero unas manos comenzaron a recorrer mis piernas, de arriba a abajo. Yo me encontraba boca abajo semidormida, con la firme intención de levantarme, pero no podía, algo muy fuerte sobre mí me lo impedía.


Quise gritar pero no pude, algo me presionaba el abdomen. Yo me sentía presa de algo invisible. No veía pero sentía. Y muy a mis adentros, comencé en mi memoria a leer partes del salmo 91. "El que habita al abrigo del Altísimo, morará bajo la sombra del Omnipotente. Diré yo a Jehová: Esperanza mía, y castillo mío; Mi Dios, en quien confiaré.


Y así, de esta manera, esa carga en mi cuerpo que me presionaba dejé de sentirla, y desapareció, no sin antes echar una especie de bufido en uno de mis oídos.


Quise correr escaleras abajo, pero mi madre no estaba, y si se lo hubiera dicho en ese momento, me hubiera tachado de loca o de dormir de más. Ese hecho me lo callé. Y actúe de manera normal.
★ ★ ★







Un domingo en la mañana desperté y no había nadie en casa, me dispuse a desayunar solamente acompañada de Misi; era un domingo agradable, de mucho sol.


A las pocas horas llegó mi madre junto con Alexa, habían ido al mercado a comprarse algunas cosas. Pero mi madre se quedó afuera platicando con unas señoras que estaban en una camioneta roja. Le pregunté a Alexa, quienes eran ellas; y me dijo que ellas acababan de llegar a la casa cuando la señora rubia que conducía le había chistado a mi mamá.


Mi mamá entró a la casa con un muy mal semblante y me dijo que quería hablar conmigo. Nomás verle el rostro me preocupé, era algo extraño que mi mamá se comportara de una manera tan intranquila y rara a la vez.


Me alcanzó a mencionar que la mujer que conducía le había dicho que si esa era su casa, y que tenía que contarle algo muy importante. Mi mamá atenta la escuchó, y ésta señora le dijo que en la puerta de la casa habían tirado tierra de panteón... y que seguramente había malas vibras en la casa. Pero que ella de manera bondadosa la ayudaría.


Mi madre creyó en la ayuda, les permitió a dos de ellas entrar a la sala, una se quedó en la camioneta. La mujer rubia, y con faldas largas, barrió a mi madre con unas hierbas, y dijo no sé que palabrerío. Y le pidió a mi mamá, que si tenía dinero guardado, que por favor lo sacara, porque ella bendeciría ese dinero para que se multiplicara.


Yo estaba detrás de unas cortinas escuchando todo, me pareció algo estúpido, pero mi mamá parecía marioneta entre hilos. Me dijo molesta que subiera al cuarto donde yo ya sabía que estaba el dinero de mi papá.


Sí, mi padre en ese entonces guardaba sus ahorros y demás dinero en una cómoda vieja pero muy fuerte. Los billetes estaban en ligas, contados por numeración, y estaban las fajas de dinero en un botín color crema, que mi padre guardaba recelosamente. Era su tesoro, y nadie podía agarrárselo.


Pero ese día, a mi madre le valió, y me ordenó que fuera por ese dinero, por todo, y que se lo entregaríamos a esas mujeres para que lo multiplicaran y nos quitaran las malas vibras, porque según ellas, alguien muy malo había tirado tierra de panteón en la puerta de nuestra casa.


Obedecí a mi madre, y las piernas me pesaron al subir las escaleras. Llegué al cuarto de mis padres, y entre los cofrecitos y los joyeros no encontraba la dichosa llave que abriría la cómoda. Tardé minutos en encontrar la llave... y cuando miré el espejo del peinador, vi la imagen de una mujer, con un vestido blanco de invierno, y una larga cabellera ondulada marrón, pero con la cara pálida, como de muerta. No grité, pero del susto me caí al borde de la cama, y me pegué en la frente. Mi respiración era agitada, quería correr del miedo que había invadido mi cuerpo.


Mi madre, abajo gritándome que ya me estaba demorando demasiado, que dónde estaba lo que había pedido. Y yo, con el miedo, no encontraba la llavesita, hasta que apareció en uno de los joyeros y torpemente abrí la cómoda, había un montón de ropa vieja, de cosas, con mis brazos tantee el final de la cómoda y saque el gran morral color crema de mi padre. Lo tomé entre mis manos y una fuerza me impedía que sacara lo que contenía. Algo me empujó hacia atrás y volví a caer. Pero los gritos de mi madre me desesperaron y eché las fajas del dinero en la cama. Dejé unos cuantos fajos sobre la cama y tomé algunos para llevárselos a mi mamá, que rugía como león por el enojo.

A mí no me parecía todo ese ritual, pero obedecí, agarré unos calcetines de mi padre, pues ahí meterían las mujeres esas, los fajos de dinero para que se multiplicaran. La mujer “limpió y barrió” el dinero... le colocó a mi madre un morral en la cintura para que después de dos horas ella lo abriera.


Despedí a las mujeres con mi mirada de sospecha. Ellas me miraron raro. Me dijo la mujer rubia que conducía: —tú tienes poder, pero ahora no te servirá de nada. Cierra la puerta pronto y vuelvete con tu madre.—me dijo dándome una sonrisa falsa.


La voz de esa mujer me dio escalofríos. Cerré el portón de la casa, y vi a mi madre arrodillada cerca de la puerta de la casa en una especie de trance. Le pedí que se parara, y al pasar los minutos cuando mi madre abrió el morral, en el sólo contenía pedazos de periódicos que simulaban fajos en efectivo. La habían timado. Y ella había caído y les había creído. Se echó a llorar. Y yo maldecí a las mujeres, salí corriendo en busca de la camioneta roja, pero ya era demasiado tarde.


Cuando mi padre se enteró, le quiso dar un infarto. Para él no era posible que a mi madre le hayan visto la cara. La hayan defraudado y robado parte del dinero. Pues como había dicho antes, una fuerza extraña me impidió sacar todos los fajos de billetes... yo los aventé en la cama, pero cuando regresé al cuarto, los billetes no estaban en la cama, estaban escondidos abajo de una almohada, muy bien guardados.


Le pregunté a Alexa si había sido ella, y me dijo que no. Mi madre y yo nos quedamos sorprendidas... pues estábamos seguras que los fajos estaban en la cama. Aún así, mi padre tuvo una gran pelea con mi madre. Pues esas señoras gitanas se habían llevado mucho dinero, la habían robado enfrente de su cara.


Mi padre no creyó cuando le dije que mi madre estaba en trance. Así que no quise discutir con él. Pero sí, mi madre no era ella, actuaba raro. Ya cuando se dio cuenta que la habían robado había vuelto en sí. Y se sintió desdichada, pues había permitido a esas mujeres llevarse parte del dinero. Un dinero que con mucho sacrificio mi padre guardaba recelosamente.


Recuerdo que mi padre lloró amargamente, tenía mucho coraje. Y salimos a buscarlas en la camioneta, mi padre había visto a unos gitanos en cierta carretera y tenía la esperanza que esas mujeres fueran parte de ese clan. Pero nada, no hubo rastros de ellas.


Mi padre les había contado a mi abuela Ofelia y tía Carmen lo sucedido, como para desahogarse. Mi abuela le dijo que diera gracias a Dios que sólo nos habían robado, pues esas mujeres son capaces de todo, y que la mayoría guarda armas debajo de sus grandes faldas.


Tiempo después cuando hice memoria sobre ese asunto, recuerdo que la mujer que conducía escondía algo dentro de sus faldas, que se había sentido temerosa con mi mirada, que me ordenó que me metiera cuando yo salí a despedirlas.


Años después, en el periódico, había leído la noticia de tres mujeres gitanas que habían caído al precipicio de una carretera, la camioneta roja había explotado junto con ellas, después de haber huido y de haber cometido un robo a un comerciante, dueño de una tienda de abarrotes, en algún punto de la ciudad.


No puedo negar que esbocé una gran sonrisa al leer la noticia. Pues las lágrimas de mis padres en ese hecho, no las he podido dejar en el olvido. Desde ese momento dejé de creer en la bondad de las personas y no iba dejar que nadie viniera a dañar a mi familia de nuevo.


Como familia enfrentamos ese trago amargo. Mi abuela tenía razón, gracias a Dios no nos habían herido o dañado físicamente. Pues Alexa era una niña y en su momento no entendió muchas cosas.


Ese suceso nos unió más de lo que ya éramos y semanas después mi padre hacía una carne asada en el patio de la segunda planta. Eddy sacó el dominó para jugar. Los cinco jugábamos y reíamos a rienda suelta. Esa imagen de familia feliz nunca la olvidaré, pues después de eso, la tristeza y lo paranormal nos rondaba.


Reímos, jugamos y comimos hasta altas horas de la noche. Ayúdamos a mi madre a recoger las cosas y trasladarlas hasta la cocina. Yo, nuevamente, me había encontrado dos pequeños gatitos bebés. Misifú andaba de callejera. Le dije a mis padres que me quedaría a dormir en el patio, porque quería ver las estrellas y meditar un poco.


Los gatitos bebés estaban a mi lado, acurrucándose en mis hombros. Y yo tirada boca arriba viendo aquel manto azul, tan espectacular, lleno de estrellas. Me pareció inmenso. Mi madre no quería muy bien que me quedara afuera yo sola, pero no pudo con mis ruegos. Me mencionó que me haría mal el rocío de la mañana. A las dos de la mañana me desperté, tenía sed pero mis padres habían cerrado la puerta. Quizá se olvidaron que me había quedado afuera.


De pronto una luz blanca cegadora me despertó, creí que ya había amanecido. Confusa por estar dormida al aire libre; sentí frío, pero vi la luna enorme y blanca. Los gatitos bebés comenzaron a maullar temerosos. Y vi lo que aún no he podido comprender; tres mujeres volaban por los aires; sus vestidos vaporosos de seda se mecían al compás de su vuelo. No, cualquiera que pensaría en brujas, se imaginaría escobas, vestidos viejos y feos; pero éstas mujeres eran bellas y volaban sin escobas, pero siguiendo el trazo, una detrás de la otra, canturreaban una canción, ellas felices en esa noche de luna.


Mis ojos no parpadearon, las seguí con la vista y ellas voltearon a verme, me sonrieron y una de ellas se me acercó: —Ven a volar con nosotros chiquilla—dijo la de atrás soltando una carcajada. Yo inmóvil no supe que hacer, más que corrí con todo y los gatitos y toqué la puerta para que me abrieran. Ya no quería seguir ahí. Las mujeres se fueron volando entre sedas.










martes, 25 de marzo de 2014

Capítulo 3: El Charro Negro






Esa noche la de la aparición fantasmagórica yo acababa de apagar la radio, no quise levantarme de la cama, y sólo jalé la mano para desenchufar el cable. Misifú me hacia compañía, se encontraba cerca de mis pies. El cuarto estaba muy oscuro, pero no me molestó, pues necesitaba descansar de mis ojos por tanta lectura diaria.

Estiré mis piernas a lo largo de la cama, cerré mis ojos y ya estaba preparada para domir cuando comenzó a escucharse mucho viento. El viento tenía un sonido espeluznante, y yo que acababa de escuchar relatos de terror de la gente que hacía llamadas al programa de radio de La Mano Peluda, sentí un escalofrío tremendo. Ese miedo se lo transmití a Misi, pues de estar al borde de la cama, se acurruco muy cerca mío.


Las ventanas y los vitrales de la casa eran sacudidos por el viento. Mis papás y hermanos estaban ya dormidos. Me mantuve alerta, con los ojos bien abiertos. El viento tenía voz propia, creí que también silbaba. Y de pronto se escuchó un tronido muy fuerte en la planta baja. Yo agarré las sabanas y me tapé la cabeza, como si las sábanas fueran a defenderme. Temblé bajo de ellas. De pronto, se escuchó el rechinido de mi puerta, alguien la había abierto. El corazón me palpitaba a mil por hora. Tuve la esperanza de que fuera mi madre, la que la había abierto. Pero para mi sorpresa no era ella.


La puerta de mi cuarto se abrió completamente. Supuse que fue por el viento. Alcé mis ojos hacia el pasillo que daba a los demás cuartos. Me levanté de la cama y por unos minutos me pare detrás de mi puerta abierta. Y fue al final del corredor que vislumbré una silueta negra, medía como dos metros, y vi una especia de sombrero, un sombrero de charro. Quise gritar, pero no pude emanar grito alguno. Misi estaba a un lado mío y comenzó a 'esponjarse' a ponerse en guardia. Pero esa silueta estaba parada afuera del cuarto de Eddy y traspasó la puerta. En ese momento corrí a mi cama, Misi también corrió. Y de nuevo bajo las sábanas pedí a Dios que me protegiera, que protegiera a mis padres y a mis hermanos, pues eso que yo había visto, no era de este mundo.


No supe a qué hora me dormí, o si acabé rendida de tanto orar. Mi mamá se encontraba en la cocina, y le pregunté qué por qué no se había despertado con el ruidazo de anoche, con tanto viento. Ella me lanzó una mirada de confusión.


—¿Cuál viento Elisa?—me dijo mi madre—Yo no escuché nada.


—Mamá, pero estaba fuertísimo el viento, ¿por qué no lo escuchaste?


—Hija, pues ¿a qué hora fue eso?

—Pasadas las 00:00 horas


—Tú papá y yo nos dormimos temprano.


—Bueno mamá, eso no es tan importante, lo que te quiero platicar es muy serio. Pero tienes que creerme.

—¿Qué pasó? Dime ya—mi mamá ya muy preocupada por mi semblante y el tono de mi voz.


—Mamá, anoche después de escuchar la radio, se escuchó mucho viento, no entiendo por qué no lo escuchaste. Pero vi 'algo' en el pasillo.


—¿A qué te refieres con algo hija?

—No sé como describirlo, era algo muy alto, con ropa negra, con sombrero de charro, era un charro negro.

—Necesitas dormir bien y no desvelarte tanto como acostumbras -me dijo mi madre.

—Pero mamá, créeme, en verdad te digo, que anoche vi algo raro al final del pasillo. No era papá, tampoco era Eddy, ellos no son tan altos ni delgados. Aparte, ese 'algo' traía sombrero. Era algo, muy alto y delgado... te estoy hablando que ya era madrugada.

—Por eso mismo hija, quiero que ya no te desveles, ni te duermas a esas horas. Ni que andes escuchando tanta historia de terror, eso te está afectando, tanto que ahora dices ver cosas raras.

—Pero... — poniendo gestos de fastidio— Está bien, lo haré.




Lo que vi aquella noche me intrigó, también sintí correr el miedo por todo mi cuerpo, como algo que electriza la piel. No sólo yo lo había visto, pero Misi obviamente no podía afirmar mi visión. Misifú era testigo mudo.

La siguiente noche fue cansada, quise dormir temprano, pero sólo pensar en el suceso vivido la noche anterior estuve en vela. ¿Qué era aquello? ¿Era un ser del más allá? ¿Por qué sólo me había ocurrido a mí? ¿Me habría pasado por ser fiel seguidora de La Mano Peluda? ¿Era una broma del destino?.


A las 10 de la noche, ya estaba en mi cama, junto a ella también esta Misi. Escuchaban los relatos de terror; la voz de Juan Ramón Sáenz ya era conocida para ellas, les resultaba familiar.

Para sorpresa mía, un radioescucha había hablado a la estación de radio para narrar una historia de terror, una experiencia sobre un charro negro. A Miguel Ángel Barajas le había pasado lo mismo en Veracruz, cuando el tenía 14 años, en el municipio de Coscomatepec.


A Miguel Ángel se le había aparecido una noche por la sierra, una entidad de dos metros, en un caballo. En el pueblo hablaban del Charro Negro, que era ni más ni menos que el Diablo en persona.



 



Después de lo que ocurrió con la visión del Charro Negro al final del pasillo las cosas en casa siguieron de manera normal. No hubo otra aparición. Alexa sí me creyó, porque sabía que yo no mentiría con una cosa así. Eddy se burlaba de la aparición, creí que era producto de mi imaginación y mis papás no lo tomaron tan en serio.


Una tarde, fui a ver novelas con mi vecina Deyanira, acostumbrábamos a ver la televisión juntas, ya sea en su casa o en la mía. La mamá de Deya, la señora Yola, estaba preparando la comida, y mientras comíamos me preguntó que era ese cuento de la figura fantasmal que yo había visto.


Yo, aún ignorante, no creía en el fondo que se tratara de un fantasma común y corriente. La verdad la energía negativa que emanaba de ese ser era más fuerte, era un poder maligno.


Doña Yola, se puso seria, y dijo que antes que mi familia llegara habitar la casa, su esposo, el señor Félix, había tenido una experiencia paranormal. Una noche, Don Félix se embriagaba en su patio trasero, un patio que estaba lleno de plantas, de flores, y en el fondo un especie de cuartito con láminas donde acostumbrana a prender leña, ya sea para cocinar o para calentarse en invierno. Esa noche, mientras tomaba una de sus tantas cervezas, se asomó a la casa vecina, vio que el patio era grande, más grande que el suyo. Y lo envidió. En el fondo yacía un árbol gigantesco, ¿cuántos años tendría el árbol? No lo sabía, parecía tan viejo y fuerte a la vez. Pero ese árbol gigante no producía fruto alguno. Era un árbol negro, sin hojas, y muy gigante.


Don Félix dio un trago a su cerveza y cuando se bajó del banquito donde había estado parado para observar el patio vecino. Vio que dentro del árbol salía una figura igual de gigante. Una figura negra, sin rostro, pero los ojos eran como llamas. Don Félix gritó, cayó del banquito. Doña Yola salió corriendo del interior y quiso saber que pasaba. Se llevó en rastras a Don Félix, que estaba inconsciente en el suelo; le habló a sus hijos para que la ayudaran a meter a su padre.


Al siguiente día, Don Félix narró lo que había visto. Nadie dijo nada, hubo silencios. Y esa experiencia había quedado en el pasado. Hasta que yo, ese día, conté con detalles, mi experiencia paranormal, con eso, que yo creía era un Charro Negro.


Mi vecina y amiga Deya me dijo que mejor fuéramos a mi casa a ver la televisión, porque sus papás ya estaban 'chocheando'. Pero eso que dijo Doña Yola, sobre el árbol gigante que estaba en el patio de la casa, me dio mucho que pensar. Recuerdo que desde que llegábamos había estado ahí. Que a mi madre no le gustaba, porque tenía un aspecto terrorífico.


Sé que nos mudamos a la casa cuando yo tenía 5 años, Eddy 4, Alexa aún no nacía. Recuerdo también, la noche que mi mamá tuvo los dolores de parto muy fuerte, y una noche se fue con mi papá. Nos dejaron solos a Eddy y a mí, estábamos dormidos, pero yo me desperté porque escuché que cerca de ese árbol gigante alguien gritaba. Pero era una niña, y no sabía distinguir la realidad del sueño. Creí que soñaba. Y Eddy y yo solos en la casa. Pensábamos en mamá, en su dolor, y que pronto llegaría nuestra hermanita. No pensamos en nada más.




★ ★ ★





A mis amiguitas de la primaria, mis siete amigas, dejé de verlas. Pues la escuela se había convertido en un caos. Mi hermano no tenía maestra, llevaban varios meses sin maestra porque sin motivo abandonó la escuela. Sólo le dijo a la directora, que ya no volvería a dar clases. No supimos nunca más de la maestra Rebeca. Además, la escuela estaba de luto, pues era reciente, que un maestro había perdido la vida junto con su esposa y dos hijas. Un trailero se había metido con todo y su unidad, a la casa del maestro Leobardo. Como dormían en el primer cuarto. La muerte fue instántanea. Los cuatro murieron.


Las madres de los alumnos constantemente decían que por la escuela corría la mala suerte. Así que sacaban a sus hijos. Mi madre, no tardó mucho en hacer lo mismo. Decidió sacarnos a Eddy y a mí de la escuela. Yo no dije nada, pues la escuela me producía temor. Había algo raro en ella. Como una especie de mala energía o algo así.


Me despedí de mis amiguitas y también de la maestra Lucila. Y a la semana siguiente, yo ya tenía uniforme nuevo, escuela nueva y compañeros nuevos por conocer. Desde el primer día me miraron con curiosidad. Yo no quería hablar ni simpatizar con nadie. Me estaba volviendo una niña antisocial. Introspectiva y tímida. Dos niñas, Virginia y Edna se acercaron a mí para darme la bienvenida, en el recreo me llevaron a conocer la escuela y me regalaron dulces. Agradecí mucho el gesto y pensé que para ser el primer día no había estado tan mal.


Mi vida fue normal en la escuela, era una niña disciplinada, seguía odiando las Matemáticas, pero mi compañerita Mara me ayudaba a entender mejor. Me convertí en los primeros lugares y eso era para mi mamá un orgullo. Todo pasaba normal.


En una ocasión, invité a unas amigas a mi casa, después de hacer la tarea, quería que diéramos un paseo en bicicleta. Enfrente de la casa, había un enorme campo. El campo donde había encontrado a Misifú. A Virginia y a Cochita le encantaban los gatos, querían mucho a Misi. Cuando paseábamos en bicicleta, nos habíamos alejado un poco; pero, desde el campo se veía mi casa. Virginia encontró una cruz blanca, tropezó con ella. Cuando yo pasé con la bicicleta por ese lugar sentí que alguien me jaló hacia atrás. Conchita se calló. Las tres nos vimos a la cara. Yo sabía la historia del porque estaba esa cruz en ese lugar y les conté.


Una tarde del 27 de diciembre de 1987, Julia había salido de su trabajo con algo de prisa. Pues deseaba llegar a la cita que había programado en una estética para arreglar su cabello y darse una manita de gato. Ya que al siguiente día, su novio Marcos iría a su casa a pedirle matrimonio. Ya todo estaba arreglado para la cena. Pero Julia, quiso asistir a su cita con la estilista. Tomó el camión y camino varias cuadras. Estaba nerviosa. La señora Mary la dejó hermosa. La cara de Julia estaba iluminada, no sólo por su nuevo look, sino por el amor que emanaba de sus poros. Te ves hermosa—le dijo Mary—. Gracias a ti—le dijo sonriente Julia. Se despidieron. Y Julia salió presurosa. Vio que ya había oscurecido, caminó apresuradamente. No se veía un alma en la calle. Estaba muy oscuro, hacía bastante frío, -1 grado bajo cero. La mayoría de las personas ya estaban en sus casas. El reloj marcaba las nueve y cuarto. Los tacones de Julia resonaron. Se dio cuenta que la seguían. Tuvo temor, y siguió caminando. Tres hombres la alcanzaron, uno de ellos le tapó la boca. Nadie escuchó nada. La golpearon, la jalaron de los cabellos, y en un lugar, en donde estaban dos torres eléctricas, en el césped frío, le arrancaron la ropa, la violaron. Seis manos la habían matado. La arrastraron toda la avenida, ya muerta, y sin ropa. Y la dejaron en el campo. Ese campo en el que todos alguna vez habíamos jugado. Ahí la tiraron como muñeca rota. Y se fueron riendo. Lo habían disfrutado. A la mañana siguiente, muy temprano, el señor que surtía los refrescos de Pepsi, había visto un 'maniquí'. El surtidor le dijo a Doña Petra, la mujer más chismosa de la colonia. Que había visto algo que parecía un maniquí. Era un cuerpo de mujer, blanco, blanco, no sabía si del frío que hacía, un cuerpo desnudo, con una ondulante y larga cabellera marrón. Toda la colonia se despertó con el rumor. Era una escena de horrir. Por la avenida se veía la ropa esparcida, un tacón por alcá y por allá, la bolsa de mano también estaba en medio de la calle. Y todos temieron. Mi madre se espantó. Le hablaron a la policía y cuestionaron a todos los vecinos. Mi madre les dijo a los policías que ella no había visto nada, que estaba con la bebé y que no había salido en toda la noche, pues mi padre andaba de turno de noche. Todos dijeron que no habían escuchado nada. Un par de horas, Mary, la estilista se enteró y lloró desconsoladamente. Buscaban a los familiares de la mujer muerta y tirada en el campo. La madre de la difunta llegó y cayó en crisis de historia, pero sí, ella era su hija, la que nunca llegó a la casa. Su cuerpo desnudo yacía en el campo”.


Y esa es la historia, les dije a Vicki y a Conchita. La historia que me contó Doña Petra, Doña Yola y mi madre. Una historia que yo sabía y que me desgarraba el corazón. Muchas veces miraba a través de la ventana de mi cuarto, hacia el campo y sentía escalofrío. Más nunca tuve miedo. Hasta ese día claro.


Regresamos a la casa, mi madre nos dio de comer; platicamos, vimos un rato la televisión y jugamos con Misi. Hasta que era hora de despedir a mis amigas. Yo notaba a Virginia raro, su cara era de miedo. Le pregunté que si le había dado miedo la historia que le había contado. Y comenzó a llorar. Yo no entendía porque Vicki lloraba. Yo sé que la historia puede conmover a cualquiera, pero me pareció exagerada su actitud. Hasta que me dijo que cuando estábamos en el campo, y yo contaba la historia. En la ventana de mi cuarto, estaba parada una mujer, con una cabellera larga y abundante, ondulada y de color marrón. Con piel blanca, blanca como la nieve, pálida y triste nos veía desde mi cuarto.


Vicki seguía llorando y temblando de miedo. Mi mamá quiso tranquilizarla, tuvimos que hablarle a la mamá de ella para que viniera. Virginia había caído en una especia de histeria. Y el temor se reflejaba en su rostro.


Yo no vi nada, creí que Vicki se había asustado tanto y que se había sugestionado. Pero después de eso, varias amigas me decían ver una mujer pálida asomándose por mi ventana, que es el cuarto que da a la calle y al campo donde Julia fue dejada. No, en ese entonces nunca la vi, pero sentía una presencia femenina y un olor a gardenias. Aroma que Mary le había dicho a mi madre, que Julia usaba.

 
Después de lo sucedido con Vicki ya no quiso regresar más a mi casa, si nos dejaban alguna tarea o el simple hecho de juntarnos para pasar la tarde, lo hacíamos en casa de Conchita. No se lo tomé a mal, respeté su decisión. Para mí era agradable salir de casa y caminar hacia casa de Virginia.


No volvimos hablar del tema, si Julia o no se había parecido en mi habitación era algo que no me preocupaba, pues no sentía energía negativa. Además en ese entonces no la vi, sólo percibía algo, más en mi niñez no vi ese fantasma que se asomaba por la ventana de mi cuarto, del que algunas compañeritas me habían comentado.


La duda era el por qué en mi habitación, y porque en mi casa, si la habían asesinado enfrente del campo de mi casa, pero no quise hacer averiguaciones ni pensar más en ello.





★ ★ ★







Todo transcurría normal en ese verano, en el que yo tenía doce años. Hasta que un domingo en la mañana me desperté con una rara sensación. Como de vacío, un vacío que emanaba de mi ser. Y una especie de infelicidad, de amargura.


Las sensaciones producidas yo las relacionaba con el crecimiento, tanto físico como emocional. El entrar a la adolescencia. La búsqueda del ser, de saber lo que uno es y quiere ser. Siempre creí que mi cuerpo era el de una adolescente, pero mi mente era el de una vieja. Creí que ya había vivido muchas vidas y por eso en ocasiones tenía recuerdos de casas, de gente, de sensaciones que obviamente no había vivido pero que siempre me arrastraban a vidas pasadas.


Y me volví introspectiva, huraña, misántropa. No quería relacionarme demasiado, era muy selectiva en mis amistades. Y me encerraba horas en mi cuarto a leer y escuchar música. Y tuve cambios en mi cuerpo, en mi forma de vestir y hasta de sentir. Casi todo me parecía estúpido.

También me pareció estúpido que mi vecina Deya me invitara a pedir dulces en el día de Halloween. Le dije que ya no estaba para esos trotes.


—Vamos Eli, acompañanos, no seas amargada. Sólo acompañanos para que te despejes un poco.

—Ash no Deya, la verdad es que no es lo mío.

—¿No es lo tuyo?—me refirió. —Pero sí tu eres una chica dark. —¿No te encanta vestir de negro?

—¿Y eso que tiene que ver?—le señalé.


—Pues el Halloween también es para chicas dark.

—Bueno, está bien, pero sólo un rato que tengo pendiente hacer tarea.




Y Deya me convenció. Total, yo no iba hacer el ridículo. Sólo acompañaría a los vecinos, a Eddy y Alexa que también se había unido. Yo era una acompañante más.

Mi mamá a regañadientes nos dejó ir, pues no le parecía eso del Halloween, ya que ella había crecido en familia cristiana. Y para los cristianos, el celebrar Día de Brujas es cosa del diablo.

Sí bien recuerdo, cuando mis hermanos y yo éramos más chicos, asistíamos a la iglesia, pero después nos fuimos alejando. Mi madre comenzó a tener problemas con mi abuela. Y un día, sin decir más, dejámos de ir a la iglesia. Mis hermanos y yo no teníamos religión. Sin embargo, yo leía la Biblia con frecuencia y tenía temor de Dios.

Alexa llevaba en mano una calabaza que mi papá le había comprado para echar dulces. Alexa quiso prestarle la calabaza de Eddy a Yudi, una vecina. Pero a mi hermanita le dio pereza subir a la segunda planta, y mandó a Yudi. Le señaló donde quedaba el cuarto de Eddy, era el último cuarto, al final del pasillo. Tengo que decir, que el cuarto de Eddy, era el típico cuarto de niño adolescente con manías, con colecciones de autos, de posters, de videojuegos, de superhéroes, de peluches, en fin, de un montón de cosas que sólo él coleccionaba.


Yudi caminó a lo largo del pasillo, nosotros la esperábamos afuera. Mi madre estaba también afuera platicando con la señora Yola, la vecina, la mamá de Yudi y Deya.


Sólo esperábamos a Yudi, a que trajera la calabaza para que echara sus dulces. Cuando escuchamos un grito, nos miramos, y mi mamá y Deya corrieron escaleras arriba. Cuando vieron a Yudi en el suelo, desmayada.


Sin saber el por qué. La reanimaron con torundas de alcohol. No sabíamos lo que había sucedido. Pero nadie salió esa noche a pedir dulces. A Yudi la llevaron a su casa, y le hablaron a un doctor. Aparentemente era un desmayo, todos sabíamos que Yudi, era flaquita, que no comía bien, que se mal alimentaba, atribuimos su desmayo quizá a alguna anemia mal atendida. Pero no fue así.

Mucho tiempo pasó para que Yudi confesara la verdad a su madre, sobre lo que había pasado esa noche, en el cuarto de Eddy. Después de lo ocurrido había caído enferma. Se le vino un debilitamiento físico, la alimentaban a la fuerza, porque ella no quería tomar alimento. Y desde ese día sufrió de convulsiones.


Nadie comentó nada, del acontecimiento de Yudi en la noche de brujas. Pero años después. Mi madre y yo sentadas en la cocina. En ese lugar en el que muchas veces platicamos, y que casi susurrábamos porque sentíamos que las paredes oían. Me confesó que Doña Yola, le había dicho muy preocupada, que Yudi le había referido el acontecimiento.

Alexa le había dicho que fuera al cuarto de Eddy por la calabaza, para que ahí echara los dulces que pedirían en la colonia. Yudi era un año menor que yo, pero era muy amiga de mi hermana, a pesar de la diferencia de edad. Ella dos se llevaban muy bien. Yudi y yo nunca nos entendimos, quizá porque ella era muy infantil. Yo nunca le pregunté sobre lo ocurrido aquella noche. Sólo sabía que desde ese día tenía convulsiones y que tomaba medicamento para evitar recaídas como la que había tenido esa noche.


Pero en una ocasión Yudi quería decírselo a su madre, ya habían pasado años, pero creyó necesario decirlo y prevenirnos a nosotros, sus vecinos. Esa noche, cuando Yudi abrió el cuarto de Eddy no supo donde se encontraba el interruptor. En el cuarto sólo se podía divisar una tenue luz de luna que entraba por una de las ventanas, en ese momento se sintió un viento fuerte y helado. Mi hermano tenía puesto en el sillón un disfraz de diablito, que había utilizado para una obra de teatro en su escuela, había llegado y lo había aventado en el sillón. Pero sopló el viento y en esa noche oscura, el disfraz tomó vida. Algo se había alzado dentro de esa vestimenta roja. La capa comenzaba a moverse al compás de ese viento extraño. Y un trinche comenzó a volar por la habitación. Unos cuernos habrían cobrado vida. Y un ser demoniaco estaba enfrente de Yudi, asustándola para toda su vida.




 
 

Capítulo 2: La llegada de Misifú




Era una tarde soleada, había una suave brisa que recorría cada lugar de la casa, se levantó al escuchar el canto de los pájaros que ya habían anidado en la terraza, a ella no le molestaban, le parecía un espectáculo maravilloso cada vez que los veía andar.


Misifú no era una simple gata, se había convertido en un miembro más de la familia, tanto es así, que le habíamos asignado un lugar en la mesa, donde ella mostraba sus buenos modales. No sólo la habíamos domesticado, sino era tanto amor que le brindábamos que ella era feliz, una gatita muy feliz.


Llegó ahí a los pocos días de nacida, alguien con mal corazón la había abandonado a ella y a sus tres hermanos en una desastrosa cajita de cartón, muy cercana a un gran árbol que había en el campo.


Yo tenía 9 años, acompañaba a mi mamá a la tortillería. La verdad siempre me había levantado tarde, pero ese día en particular, me parecía especial. Había mucho sol, pero era un día de sol de ese que disfrutas. Yo asistía a la escuela en la tarde, así que mi mamá me levantó para desayunar.

Ibamos rumbo a la tortillería cuando de repente escuché unos maullidos. A mi madre no le gustaban los gatos, así que hizo oídos sordos y seguimos caminando. En el camino le dije que había escuchado a unos gatitos bebés llorar, traté de convencerla. Así que cuando regresamos, me permitió ir a ese árbol gigante que estaba enfrente de nuestra casa.

Mi hermanita Alexa me acompañó, al igual que a mí, a ella le encantaban los gatos y cuando regresamos de la tortillería le dije, salimos corriendo rumbo al árbol gigante que estaba en el campo.

Ahí estaban, dentro de una cajita de cartón, ya ruñida. Creo que lloraban de hambre. Eran cuatro hermosos gatitos, uno era color gris, otro amarillo, y dos eran pintitas. Hace tiempo, un tío me había enseñado como distinguir a los machos y hembras. Pero mientras le decía a mi hermana quien era gato y gata, unos grandes ojos verdes y un maullido angelical me enamoraron. Ella, era la única que habría abierto los ojos, todos los demás aún no los abrían. La gatita de ojos verdes caminó hacia mí. Y sus maullidos fueron como palabras ante nosotras. La puse en mi pecho y la abracé para que no se sintiera solita. Quería hacerla sentir, que yo, una humana podía amarla como si fuera mamá gata.

Mi madre sólo nos había dado permiso para traernos uno. Cuando cargué a esa gatita pinta de grandes ojos verdes, mi mamá ya nos gritaba a Alexa y a mí que nos fuéramos a comer. Yo no podía ser tan cruel y dejar a los demás gatitos ahí. Que tal y que nadie se los llevara y se murieran de hambre. Así que a escondidas de mamá, Alexa y yo escondimos a los tres gatitos en la casa de madera que estaba atrás de la casa. Nos los llevamos en la misma cajita destrozada e hice jurar a mi hermana que no dijera nada. A ojos de mi mamá, sólo llevaríamos a un gato, que más bien, era gata.



Les estoy gritando Elisa, que ya se vinieran a comer, ¿qué tanto hacían?


Nada mamá, tú nos diste permiso de ir a ver a los gatitos.

Sí, sólo te permití que trajeras uno ¿dónde está Alexa?

Fue al baño—le mentí a mi madre— Pues Alexa andaba escondiendo los gatitos en el “tejaban”, así le decíamos a la casa de madera color azul, que estaba al fondo detrás de la casa.


Bueno, quiero que comas, para que ya te vistas, ya te dejé el uniforme para que te vayas a la escuela. No tarda tu hermano Eddy en llegar.


Pero mamá, que vaya Eddy nada más a la escuela. Yo me tengo que quedar a cuidar a mi gatita.


¿Pero qué dices?—me lanzó mi madre una de esas miradas que te quieren comer—¿Cómo que no vas a ir a la escuela? No te estoy preguntando Elisa, todos los niños van a la escuela. Tu gata se queda aquí, dale gracias a Dios que te dejé que te quedaras con ella. Deberías estar agradecida.



Y como muchas veces, dejando a mi madre hablando sola en la cocina, le pregunté a Alexa si todo estaba bien con los gatitos. Mi hermana le dijo a mi mamá que andaba jugando, para así poder transportar la comida y que mi madre no sospechara nada.

De camino a la escuela, sólo esperaba que mi madre no descubriera el secreto mío y de mi hermanita. Pues las dos estaríamos bien fritas. Más yo que ella, pues dice mi madre que yo soy la que debo de dar el ejemplo. Le llevo 5 años a Alexa, la prudencia debe caber en mí. Esas eran las palabras de mi madre, cada vez que me regañaba por algo que Alexa y yo hacíamos. Al final de cuentas, yo era la que pagaba los platos rotos, por ser la mayor.

Pero aún con el miedo que mi mamá descubriera a los demás gatitos, yo me sentía feliz. Mi madre al salir de casa y darme su bendición, me preguntó si ya tenía nombre para mi gatita. Le dije que aún no. Que lo pensaría. “Puedes ponerle Misifú”, me dijo mi madre.

Al llegar a la escuela, me senté en los pupitres de atrás, había olvidado, con la emoción de los gatitos, de hacer los problemas de Matemáticas que me había dejado la maestra. Las Matemáticas no eran lo mío.


¿Qué haces Elisa?—me preguntó con sorpresa mi amiguita Claudia.

Olvidé hacer los problemas—le respondí, secándome el sudor que me corría por la frente.


Tú, la niña más bien portada de todas, tú, olvidando la tarea.


Pues sí, qué quieres que haga, es mejor hacerla a la carrera, que no entregarla. Además yo estuve muy ocupada en la mañana.

¿En qué Eli?, si te la pasas dormida toda la mañana.

Ash Clau, más que mi amiga, pareces mi enemiga, todo me cuestionas. Mira, para que veas que soy buena, te voy a decir algo. Tengo cuatro gatitos en casa, y eso es genial, lo único malo es que mi madre no sabe que tengo tres escondidos en el 'tejabán'.


Órale Eli, y si se da cuenta, te va a regañar, y puede que hasta te los tire.


Cállate, que la boca se te haga chicharrón, no me eches la sal. Bueno, te cuento en el descanso, déjame seguir con ésto ¿sí?



Y ya acabando mis problemas de Matemáticas, sólo esperaba que la tarde se me fuera rápido para llegar a casa y ver a Misi. Sí, había decidido llamar a mi gatita, la más hermosa: Misifú.


Tocó un largo timbre y todos mis compañeritos aventando mochilas para salir al recreo. Mi madre, siempre me ponía lonche, yo nunca quería llevarlo, prefería llevar monedas y comprarme algunas golosinas y frituras en la cooperativa. A esa edad, nos gusta más la comida chatarra que lo nutritivo.

Adivinen qué niñas—gritó la niña más chiflada y alocada del salón—Eli tiene cuatro gatitos, me lo dijo Clau.


Más bien te chismeó, que es diferente—le dije a Marilyn en tono de fastidio.


A Marilyn le gustaba siempre andar de chismosa, y andar inventando todo lo que se le ocurriera, era una niña tan extravagante, una niña de 9 años, al igual que yo, pero con mentalidad de señora chismosa. Una 'Susanita' demasiado evolucionada, pues todo su sueño era casarse y tener un montón de hijos.


Ay Eli, no seas así—no te enojes. Sí lo sabe Dios que lo sepa el mundo.

No, si no me enojo Marilyn, yo nada más decía, tú que todo sabes y eres tan... tan... comunicativa.


Pero cuéntanos, ay no seas mala, dame un gato.


Ay Marilyn no sean necia—le dijo burlándose Itzel—, en tu casa muy apenas tienen para comer, vas a tener para alimentar una boca más. Mira cómo traes los zapatos.


Ay cállate tú huerca, te crees de la Del Valle—le respondió Marilyn encolerizada.

Bueno niñas—les dije para tranqulizar—no hay nada que contar, sólo que tengo cuatro gatos y una de ellas se llama Misifú, eso es todo lo que tengo que contar. Mejor que Gina nos cuente lo que nos iba a platicar ayer en el recreo cuando tocó el timbre.


Sí, es cierto, a ver Gina, dinos ándale—gritó Marilyn con voz pillona.


Bueno niñas, les cuento—respondió Gina—, pero si les da miedo, yo no tengo la culpa eh. ¿Se acuerdan de la maestra Rebeca?—sí, respondimos al unísono, Claudia, Marilyn, Itzel, Amanda, Yasmina y yo. Bueno, pues dicen que le dio un infarto, y que ya no va a regresar a la escuela. Que porque uno de esos días ella se quedó muy tarde, ya cuando todos nos fuimos a nuestras casas, ella se quedó revisando papeles y demás. Entonces que la maestra Rebeca fue al baño de mujeres, y que vio algo espantoso en el baño, era una muñeca, la muñeca diabólica que cuentan todos que se aparece en el baño. La pobre maestra Rebeca la vio, ya no había nadie en la escuela, sólo el conserje en su casa de alla atrás. Así que Don Rubén la encontró tirada afuera del baño. La llevaron al hospital. El doctor les dijo que le había dado un infarto.

Todas nos quedamos con la boca abierta cuando Gina terminó de contarnos de lo que le había pasado a la maestra Rebeca. Yo no lo podía creer. Gina era una niña muy fantasiosa, ya nos había platicado antes que la escuela estaba llena de tumbas porque en realidad antes había sido un panteón. Nos había contado todas las historias de terror habidas y por haber. Así que esto me había parecido una falta de respeto. Pues bien sabíamos, que la maestra Rebeca ya no iba a regresar a la escuela, ya se estaba buscando su sustituta. Y también sabíamos, que le había dado un infarto. Pero la historia de Gina, era difícil de creer. Nos retiramos al salón silenciosas, las siete, sin saber que decir. Sólo nos miramos entre todas y no volvimos a decir nada sobre lo ocurrido con la maestra Rebeca, según Gina.

Mi hermano Eduardo, también está en la misma escuela, pero un año menor que yo. Al terminar las clases nos reuníamos en el patio central para irnos juntos en el transporte escolar. Yo que era la mayor, me sentía responsable por él.

No le dije nada a Eddy de la histora de la maestra Rebeca, sólo le platiqué del secreto que teníamos Alexa y yo. Me dijo que no le diría nada a mamá, que nos ayudaría también en darles de comer y ver cómo se encontraban.

Llegamos a casa, mi mamá ya tenía la cena servida como era costumbre. Me dirigí al patio y ahí estaba Misi, mi mamá le había puesto una colchita tejida para que se sintiera más a gusto. En esa época, mi papá estaba construyendo la planta alta, y estaba ampliando más la casa. Originalmente la casa era muy pequeña, pero para mí papá había sido una ganga. Cuando éramos más pequeños todos nos dormíamos juntos en una habitación. Hasta que mis hermanos y yo fuimos creciendo y pedíamos más espacio. Así que mi papá comenzó a invertir en la casa y hacerla más grande.


Para los vecinos éramos los nuevos ricos, pues de una casa pequeña, la casa fue ensanchándose cada vez más, hasta convertirse en la casa más envidiada por muchos. Pero no se trataba como le dijo a mi madre una vecina envidiosa, que nos hayamos sacado la lotería, se trataba ni más ni menos del esfuerzo diario de mi padre, del sudor de su frente, de sus ahorros, de sus inversiones. Pero que puede uno esperarse de unos vecinos envidiosos que ni para trabajar y estudiar le ponen empeño.

Cuando Misifú llegó, la casa aún no estaba ampliada, la planta alta se encontraba en obra gris. Pero a veces, con permiso de mi padre, mis hermanos y yo subíamos a jugar con los patines, los cuartos eran amplísimos y sin muebles pues nos divertíamos de lo lindo. Y Misi era nuestra compañera de juegos. Los otros tres gatitos vivían escondidos en el 'tejabán'.


Pero ese secreto no podía ocultarse por más tiempo. Los gatitos crecían y crecían. Y un día cuando mi madre lavaba la ropa, se le ocurrió entrar al 'tejabán', y fue ahí cuando el secreto entre los tres, habría sido descubierto.


El regaño fue en general, pero yo, era la que debía poner el buen ejemplo, la prudencia debía caber en mí. Mi madre siempre fue de carácter fuerte, exigente, pero en el fondo era tierna y amorosa y terminaba por concedernos nuestros caprichos. Así que nos permitió, tener a los cuatro gatitos.


La gatita que era parecida a Misifú, a la que llamamos Ojitos, una tarde desapareció. Debimos suponer que alguien se la había llevado, pues ella siempre se ponía en un escaloncito cerca del porche. Al gato amarillo, que mi hermana Alexa se apropió como su única dueña. Un día fue atropellado por un autobús. Y la gatita gris, al año siguiente salió preñada, mi mamá la regaló a una señora. Sólo me quedé con Misi. Ella y yo éramos inseparables.


Cuando Misifú tenía un año y algunos meses estaba preñada. Se puso bien gorda, a veces se cansaba de caminar y se la pasaba horas tomando el sol en la azotea, con la panza boca arriba. Otras veces le gustaba dormir en uno de los sillones del cuarto de Alexa.

Ya faltaba muy poco para que Misi se aliviara, ese día en la escuela escogerían a los mejores alumnos para llevarlos a un museo, yo quería que me escogieran a mí, quería ir al Planetario Alfa. Así que no dormí por los nervios, que tal si no me escogieran, eso afirmaría que era una alumnara regular y sobre todo no tendría el privilegio de ir al museo. Pero cuando bajé a la cocina por agua. Escuché que Misi se quejaba, lloraba extraño a como lo solía hacer. Así que al abrir la puerta de la cocina y salir al patio vi que Misifú estaba cerca del boiler pariendo. Eran las 11:30 de la noche y desperté a mi madre, le dije lo de Misi, y mi mamá asustada, sin saber que hacer, le habló por teléfono a uno de los hermanos de papá, el que sabía mucho de gatos. Mi tío vino de inmediato a la casa y ayudó a Misifú, pues uno de los bebés de Misi, estaba muy grande y se había atorado.


Los bebés de Misi estaban en perfectas condiciones. Misi se encontraba agotada, creo que también para ella fue una gran experiencia. Colocé a sus bebés en una alfombrita y Misi fue con ellos para alimentarlos. Seguramente sería buena mamá gata. Eran cinco gatitos bebés hermosos.

A mi mamá también le gustaron. Dimos las gracias a mi tió y se marchó.


Bueno hija, ya duérmete—me ordenó mi madre.


Sí ya voy mamá, déjame estar un ratito con los gatitos.


Mañana hay escuela y tienes que levantarte muy temprano.


No mamá, no quiero ir.

Pero cómo, no estabas tan entusiasmada de ir al museo.

Eso era antes, los bebés de Misi no habían nacido. Prefiero quedarme con ellos y no ir al museo mañana.

Ay Elisa, hija vete a dormir por favor.



Con la novedad de que Misi era mamá, no quise ir a la escuela, ni me importó el museo ni nada. Mi mamá a regañadientes entendió mi chiflazón. Así que no sólo le hice compañía ese día a Misi, sino también a mi mamá. Pues Alexa ya había entrado al Kinder y mi mamá se quedaba sola por las mañanas. Eddy también se emocionó con los gatitos, pero él si había asistido a la escuela.


Mi mamá me convenció de llevar a Misifú a esterilizar, pues no quería más gatos en casa. Yo obedecí, no pude oponerme, me pareció lo más sensato. Llevamos a Misi a la veterinaria después de unas semansa que había dado a luz a sus bebés. Creo que Misi también entendió y se portó muy bien. Al siguiente día por la tarde, el doctor nos llevó a Misi a la casa, con una gran rajadota en la panza. Pero ella estaba bien y podía hacer su vida normal.


Un sábado en la madrugada mi mamá nos levantó muy temprano a mis hermanos y a mí, pues ese día iríamos a Laredo, de compras, como era costumbre nos levantamos en la madrugada para llegar allá de mañana. Yo nunca dormía, pues sentía una especie de nervio dormirme cuando papá manejaba en carretera. Ese día en especial, a lo largo del viaje, había mucha niebla. Mi mamá le sacaba plática a mi papá, para que éste no se durmiera. Adelante, en otro auto, iba mi abuela Ofelia, mi tía Carmen, mi tío Héctor, ellos también iban de compras.


Pensé en Misi y sus bebés, cómo estarían. Todo el camino me la pase con dolor de estómago. Quien sabe que me cairía mal, no disfrute las compras. Sólo pensaba en llegar a casa y dormir lo que no había dormido. Mis papás llenaron la camioneta de muchísimas cosas. Mis papás me mandaron en el otro auto, pues no había un lugar para poder sentarse.


Y así en la carretera, mi abuela y mi tía platicaban, casi susurraban, para que yo no escuchara. Yo sólo veía oscuridad en la carretera. Mi tío iba con la boca abierta pero muy dormido. Mi tía y mi abuela seguían platicando. Hablaban de una de mis tías, que les había platicado que a lado de su casa se aparecían dos niños, esos dos niños se sentaban en la ventana de una casa en construcción. Ahí se aparecían todas las noches. Los vecinos podían oír sus risas pasadas las 12 de la noche. Mi prima Elena, los había visto y los había escuchado. Mi tía Sofía tenía miedo, pues no entendía porque esas dos almas en pena tenían aterrada a toda la colonia. Mi abuela sugería a mi tía que manejaba con mucho cuidado por la carretera, que había que hacer algo, rezar, rezar por esas almas. Yo sólo escuchaba temerosa la plática. Y de pronto, un rechinido de llantas, y el grito de mi abuela nos hizo gritar a todos. Mi tía frenó con todas sus fuerzas, el rechinido de llantas era su carro. Mis padres venían atrás de nosotros y pararon su marcha. Por poco, nos vamos al vacío, si mi tía no hubiera frenado de esa manera, nos habriamos salido del camino. Mi tía no le dijo nada a mi papá, sólo le dijo que había dormitado. Pero la razón verdadera, es que, mi tía frenó, porque vio a una niña en la carretera, y quiso esquivarla, perdió el control y estuvimos a punto de irnos con todo y carro al vacío. Todos gritamos, pero nada dijimos sobre la niña que vimos en la carretera. Hubo silencio, temor y nerviosismo. Mi abuela rezaba. Y ya no supe nada más de la historia terrorífica de los niños que se aparecían en la colonia de mi tía.




★ ★ ★




Pasaron los años, Misifú y yo éramos inseparables. Sentía tristeza dejar a Misi sola durante las mañanas cuando salía a la escuela, pero sabía que pasaríamos toda la tarde y noche juntas. Cuando tenía 12 años, Misi acostumbraba dormirse en la cama, cerca de mis pies, sintiéndose tranquila, escuchabámos la radio por las noches, desde música rock en español, rock en inglés y relatos de terror, de un programa que se llamaba La Mano Peluda. Todas las noches, de 10 a 12, escuchabamos relatos de terror de la gente que llamaba a la radio; a veces nos ganaba el sueño y otras nos quedábamos al final. Misifú era inseparable, ahí estaba al pie del cañón conmigo, yo la adoraba y le lanzaba miradas de ternura y felicidad.


Una noche, cuando apagué la radio, las ventanas se cimbraron, hubo mucho viento, la energía eléctrica se cortó, y el cuarto se abrió de manera sorpresiva, como si alguien la hubiera abierto, pero ésta estaba cerrada. Sentí miedo, y quise esconderme tras las cobijas, pero la curiosidad hizo que me levantara y fuera a investigar.


Mi gran sorpresa fue ver en el pasillo una silueta muy alta, una especie de charro negro estaba parado al final del pasillo. Corrií al cuarto y temblé abajo de las sábanas. Misifú también corrió. Ambas vimos algo paranormal, alguien nos había visitado. No era un relato de La Mano Peluda, ahora estábamos viviendo nuestro propio relato. Una experiencia que nos acompañaría quizá el resto de nuestras vidas.